El protagonismo colectivo (I)

Muchos autores de cómic han buscado en numerosas ocasiones un protagonista que no fuese una única persona, sino varias. La razón es, principalmente, la dificultad por crear un protagonista original, nuevo, que no se parezca a otros y que no se gane las comparaciones o acusaciones de los lectores y los críticos. Surge del hecho de preguntarse: ¿cómo ha de ser el personaje principal de esta serie? ¿En qué época ha de situarse? ¿Ha de ser hombre o mujer? ¿Rubio o moreno? ¿Valiente, intelectual, etc.? Al mismo tiempo, algunos autores apuntan a que el hecho de que todas las historias de la serie giren en torno a un personaje principal (el protagonista), lo que para muchos es algo cómodo, les agobia: no deja espacio a personajes secundarios que, en muchas ocasiones, acaban ganándose el cariño y la admiración de los lectores (Obélix, Haddock, Fantasio…).
Es por ello que muchos autores se lanzaron a la búsqueda del protagonismo colectivo: un grupo, no una persona. Esta fue la iniciativa, por ejemplo, de Charlier y Giraud cuando decidieron crear Blueberry. En principio la serie iba a titularse “Fort Navajo”, al igual que la primera aventura de la misma. Los autores proyectaron que, a diferencia de otras series western del momento, como Jerry Spring, la nueva serie narraría las aventuras de una guarnición del ejército de EEUU en un fuerte de Arizona. Pero enseguida el personaje del teniente Blueberry, con su personalidad rebelde y juerguista y su aspecto desaliñado (al estilo del actor J.P. Belmondo, que por aquel entonces era el actor de moda en Francia a raíz de la película “Al final de la escapada”), comenzó a sobresalir entre el resto de personajes y a partir de “El jinete perdido” era ya el protagonista indiscutible de la serie.
Lo mismo sucedió con El Cid, de Antonio Hernández Palacios. En su idea de crear una serie medieval al estilo del Príncipe Valiente, Palacios volvió su mirada a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar. Tras documentarse sobre la España del siglo XI, se puso en marcha. Al igual que Charlier, Palacios deseaba dotar a la serie de un protagonista colectivo, a pesar del título y argumento de la misma. Para Palacios todos los personajes de la epopeya “cidiana” debían tener un papel principal. Enseguida comenzó a dotar al personaje de Sancho II de Castilla (por aquel entonces infante) de una personalidad que sobresalía. Vio en él un personaje atractivo y la idea original de protagonismo colectivo fue derrumbándose a favor de Sancho. El Cid se convierte en un simple secundario que no es ni siquiera el caballero del imaginario colectivo, sino un escudero todavía no consagrado en las grandes batallas.

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