Alix – El comienzo

Aprovechando la presencia de NetCom2 en el Salón del cómic de Barcelona y que en su stand van a poner a la venta algunos de los tan buscados primeros álbumes de Alix, daré mi visión sobre la primera etapa del personaje, la recogida en los tres primeros álbumes.


La particularidad de estos tres Alix (cronológicamente: Alix el intrépido, La esfinge de oro y La isla maldita) frente al resto de la colección es que no fueron concebidos, inicialmente, como aventuras completas sino que se fueron construyendo a base de entregas en la revista Tintín. No sería hasta La tiara de Oribal que el proceso pasase a ser el habitual: Una aventura que se fragmenta en entregas para la revista.
Este hecho hace que notoriamente en Alix el intrepido y de modo menos evidente en sus dos continuadores la aventura fluya a trompicones y en el caso del álbum mencionado constituya una sucesión de avatares con un hílo conductor no demasiado fuerte.
Menos deslavazado es el desarrollo de La esfinge de oro, aunque el sorprendente borrón y cuenta nueva argumental tras el primer tercio del álbum sea desconcertante mientras que esa sensación llega prácticamente a desaparecer en La isla maldita.
Estos dos álbumes contienen, desde mi punto de vista, aventuras con todas las de la ley a las que su gestación sobre la marcha no les quita ni un ápice de su valor como tales. Es más, La isla maldita se encuentra entre mis Alix favoritos.
También es notable la evolución del dibujo, desde un estilo realista de la época (años 40) en Alix el intrépido con abundancia de sombras y tramas hasta una muy academicista línea clara en La isla maldita, estilo que haría brillar con maestría Martin en el cuarto álbum, en esta ocasión ya concebido como tal.

Hay quien se ha sentido decepcionado por estas primeras aventuras de Alix, sobre todo por la primera. Pienso que es necesario poner en su contexto una serie de cosas antes de abordar estas lecturas: tiempo, modo de creación y significado del álbum. Aún así, yo les concedo bastante más valor del meramente arqueológico o del conocimiento completo de la serie, sobre todo a la segunda y tercera entregas que me parecen aventuras muy disfrutables.

Estos álbumes, agotados en su tirada inicial, se están revendiendo en los lugares habituales e incluso en librerías especializadas a precios elevadísimos, mucho más altos que su p.v.p. normal. Quien no los pudiese conseguir en su momento y tenga previsto visitar el Salón del cómic de Barcelona tiene ahora la oportunidad de hacerse con ellos sin ser víctima de abusos de especuladores.

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El todo y sus partes

No soporto las reseñas que se empeñan en dividir (y calificar) una obra en lo que entienden que son sus componentes equivocándose en la base de lo que es un análisis de algo no científico y sometiendo su dictamen a una nota final que, aproximadamente, resultará de promediar los aspectos en los que le ha dado por desmenuzar dicha obra.
Y es que hay gente que nunca alcanzará a comprender que todos esos componentes que se se afanan en analizar y valorar no son nunca un fin en sí mismos sino que únicamente tendrán valor como parte de una unidad superior.
Por ejemplificar, si voy al cine me importa un pito que la banda sonora sea sublime o la fotografía excelsa si la película, como tal, es una castaña. Porque, sencillamente, habré ido a ver una película y no a escuchar música o a observar imágenes, que son cosas que están muy bien pero son distintas.

En el mundo del tebeo también pasa y con un ingrediente añadido además.
Un tebeo lo tenemos en nuestras manos, lo hojeamos, incluso lo olemos. Y todo ello, y en mi opinión, forma parte de aquello que da valor a una obra.
Por eso soy fan del formato álbum. Y por eso me gustan los álbumes de tapas duras y papel grueso (y mate a ser posible).
¿Alguien se atreve a decir que es lo mismo una edición Dupuis de Johan y Pirluit en álbum cartoné, increíble color y esa fantástica rotulación de textos que la la misma obra en colección Ole a tamaño reducido, con su terrible colorido y la mítica máquina de escribir de Bruguera?

Obviamente no es lo mismo, y el valor de esa obra para el usuario final, nosotros los lectores, es distinto. Y la capacidad de hacer disfrutar, que es de lo que se trata, también.
Y todo esto nos lleva a una conclusión muy sencilla ante el proceso de digitalización que está sufriendo el mundo de la edición de libros.
A un álbum podremos oponer versatilidad, comodidad, ahorro de espacio y todo lo que se quiera (y se invente) en un futuro en materia computeril, pero un álbum editado con calidad en todos sus aspectos nunca y de ninguna manera podrá ser igualado por formato digital alguno.